Cuando nos hallamos en un entorno carente de vida o, cuando menos, carente de vida humana, nuestros ojos buscan con avidez cualquier atisbo de ella, no sé si como estrategia de supervivencia -amigo: me acerco; enemigo: le ataco o huyo- o para evitar la soledad. En este caso, entre los fríos bloques de hormigón, la piedra artificial y el vidrio, fijamos la mirada en la pequeña escultura, en el torso decapitado que nos recuerda, a pesar del material, rasgos propiamente humanos.
Cada día de 2011, una imagen comentada a modo de almanaque visual. Para que el paso del tiempo no acabe siendo solo tiempo pasado, sino también recordado, es decir, revivido.
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viernes, 30 de diciembre de 2011
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Interior académico II
Una manija puede llegar a convertirse en un chirimbolo importante, imprescindible diría yo. Es la que asegura la estanqueidad de la habitación en la que estamos y, por ende, de la habitación del otro lado de la puerta. Es la que posibilita la intimidad, el sosiego de la soledad, el reposo del exhausto, la frialdad del hermetismo, y el aislamiento de la marabunta que resuena allende las paredes.
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martes, 25 de octubre de 2011
A lo difuminado o a lo borroso le llaman "flou"
Pues eso, difuminado o "flou". Los días de niebla son ideales para conseguir este efecto, que suele ser resultón, o sea, peligroso, si nos quedamos en el efecto como única virtud de la fotografía. En este caso, me interesa como medio para aislar la figura del paseante y su perro del resto del entorno, acentuando la soledad o el ensimismamiento de estos frente al ajetreo del tráfico del fondo de la imagen.
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sábado, 22 de octubre de 2011
La soledad del ventanuco
Las ventanas, y los ventanucos también, tienen su razón de existir en tanto que permiten que la gente mire a través de ellos, o que la luz entre a través de ellos, no a ser observados por sí mismos. De ahí su soledad, mitigada solo por unos compasivos cables y cajas telefónicos, además de algún bajantes. ¡Quién iba a decir que tanto horror tuviera algo a su favor!
domingo, 5 de junio de 2011
Pasillear
Todos los pasillos o pasadizos tienen un no sé qué de siniestro que me incita a acelerar el paso para llegar lo antes posible a la otra punta. No es miedo, sino inquietud. Tal vez el resonar de los pasos, la luz casi siempre tenue, la uniformidad del trecho nos recuerdan nuestra inmensa soledad. Y, por más que acudan a ellos los transeúntes, el desamparo no desaparece.
lunes, 14 de febrero de 2011
El fluorescente encendido
El único signo de vida que hay en estas oficinas es el fluorescente encendido. El interior está despojado de muebles, de empleados, de actividad. Pero ahí sigue la luz, que nos da a entender que alguien, protegido tras los cristales, prosigue con su trabajo aisladamente, ajeno a la soledad. O bien que otro alguien, en el súmum de la desidia en estos tiempos de crisis, se ha olvidado apagarla, y así seguirá hasta quién sabe cuándo.
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