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lunes, 19 de diciembre de 2011

Paisaje mínimo


Es un estado de fragilidad permanente por la inconmensurabilidad del cielo. Las ramas, que aún osan retener algunas hojas postreras, intentan ascender y ocupar parte del infinito que se extiende por encima, mientras que el follaje, más humilde en sus propósitos, quiere dejar su tupida huella en un área más reducida. El cielo, por su parte, se ríe de todo mientras pasea las nubes.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Con el cielo no hemos topado


Las imágenes de paisajes que no comprenden ni siquiera una parte de cielo siempre son inquietantes. Parecen que desafían la lógica de nuestra visión que, en condiciones normales, está avezada a captar el suelo, un nivel medio o medio alto en el que se alzan edificios, vegetación, objetos y animales, y un nivel superior, el cielo, que corona la composición. Un paisaje sin cielo es, por ende, como un rey sin corona. Un soplo de aire fresco, en definitiva.

viernes, 28 de octubre de 2011

Línea discontinua


O farola reflejada, o asfalto mojado, o incluso tímido bordillo; todos estos elementos, en principio independientes, ceden parte de su soberanía para conformar partes de un todo, de una historia fruto de la contingencia: a la salida del trabajo de un pesado día el fotógrafo, antes de subirse a su coche, ha desplegado el paraguas, ha cobijado su cámara bajo su amparo y, triste la jornada, ha decidido encuadrar el suelo en lugar del cielo. Discontinuidades de la vida.

domingo, 24 de abril de 2011

Hacia el cielo


Mirar hacia el cielo no siempre conlleva poder ver el azul inmenso o los celajes amenazadores. En los interiores, se trata de adoptar el punto de vista contrapicado extremo o nadir, y dejarse llevar: los techos, azulejos y puntos de luz pueden depararnos muchas sorpresas, y no obligatoriamente desagradables.  Todo depende de la actitud: los espacios cerrados pueden resultar claustrofóbicos, sí, pero también acogedores, aunque solo sea por sus reducidas dimensiones.

martes, 18 de enero de 2011

Cosas que rayan el cielo


Rayar el cielo, aunque sea solo con una tinta gaseosa que desaparece a los pocos minutos, me parece un acto impío, sobre todo cuando el cielo, limpio de celajes, está saturado de azul. Es una obra magistral, un lienzo abstracto y homogéneo, al que un rayajo rompe en dos. Mejor será concebirlo como un rasguño, inevitable cuando se está expuesto al trasiego humano.