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jueves, 27 de octubre de 2011

Tarde borrascosa


Las tardes borrascosas como las de hoy son una fiesta para los fanáticos del blanco y negro. Los colores, carentes de la suficiente luz, se apagan; el entorno se traduce en una gama de grises más o menos tenues, debido a la lluvia y a la humedad; los charcos se convierten en inesperados espejos que juegan con la luz y las formas. Esta fotografía está tomada en color.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Fugacidad


La del café que me estoy tomando cuando apreto el disparador; la de la lluvia, que empieza a hacer acto de presencia; la de los coches, que en cualquier momento pueden arrancar; la del transeúnte, que dentro de un instante dejará de aparecer en el encuadre; la de los árboles del fondo, el verdor de cuyas hojas dentro de pocas semanas desaparecerá con ellas. Huele a otoño.

lunes, 4 de julio de 2011

Hoy llueve


Hoy llueve. Perdemos la sensación de humedad y bochorno, así como también la percepción del agua deslizándose por nuestras partes expuestas y el ruido del chapoteo al caminar; perdemos incluso, al captarla con la cámara, la acción misma de llover, pero nos queda el registro visual del cielo plomizo y de unas cuantas gotas que se han agarrado, en un último intento para no perder la individualidad, al vidrio de la ventana.

sábado, 12 de marzo de 2011

Aguacero


Está cayendo un aguacero. Salgo a la terraza de casa y me encuentro con las dos caras de una misma moneda: la necesidad de aprovisionarnos de agua. Por un lado, dos recipientes de plástico que acumulan el agua de la lluvia; por otro, una manguera extendida que nos puede surtir de agua de Dios sabe dónde. La tragedia está en el agua que cae libremente sobre el embaldosado y que se escapará por el sumidero; la tragedia está en la pérdida, como siempre.

jueves, 17 de febrero de 2011

Llueve


Representar la lluvia misma no es fácil, aunque sí su efecto, como he hecho aquí. Me pregunto cómo se percibiría la lluvia antes de empezar a acristalar las ventanas, allá por la Edad Media, porque los cristales son el más fiel aliado de este fenómeno. Tras ellos, a resguardo, podemos contemplar estéticamente la caída del agua. Antes solo se notaba cuando el infeliz de turno se calaba hasta los huesos. Ni hay que decir que maldita la belleza que le encontraría.

viernes, 28 de enero de 2011

El goteo de la lluvia


Aunque es obvio que no puede llover sin que caigan gotas, también lo es que cuando arrecia la lluvia, las gotas prácticamente se convierten en chorros de agua que impactan contra el suelo para volverse a evaporar y proseguir el ciclo. Pero unas pocas se resisten a perderse en la tierra y se agarran a lo que pillan, como a este tendedero. ¿Será esta funesta testarudez fruto de la voluntad de conservar su individualidad?